Una cosa que se puede hacer, por ejemplo, es ponerse pelma. La gente también se pone graciosa, pero a menudo muy pelma. Sanfermin es el momento ideal para entrarle a cualquiera sin ningún reparo y colocarle las chapas que nadie te aguanta en casa: con la excusa de lo gracioso, cuela.
Otra cosa que se puede hacer tranquilamente es guarrear
a más y mejor: nadie te hará ascos porque
vayas hecho un cerdo y podrás entrar tranquilamente
a todas partes: es parte de la gracia sanferminera.
Por eso mismo, también se puede manchar al
prójimo: generalmente nadie se mosquea porque
el de al lado le manche; pero con esto entramos ya
en terreno delicado: depende del cuándo y el
cómo: en los grandes mogollones (Txupinazo,
Riau-riau), te tiran agua desde los balcones, te ponen
de champán y de otras cosas hasta arriba, y
no digamos en la corrida. En los bares también
es normal que te caiga encima de todo toda la noche,
y nadie se mosquea. Ahora bien, por ejemplo, echarle
a alguien encima una pinta de cerveza por la puta
cara o porque te da mucha risa, es ya más discutible:
puedes volver a casa con cara de boxeador.
También se puede empujar al prójimo, aunque sea como una bestia: de eso va gran parte de la fiesta. Pero también en esto hay una línea invisible que no se puede pasar: si vas por los sitios hecho un fiemo tirándote encima de todos y sin mirar por dónde pisas, porque tú eres así de casta y de sanferminero, también puedes acabar con un par de hostias bien merecidas. Por lo demás, Sanfermin es una fiesta muy de voceras: todo lo que sea vozarronear, berrear, montar el numerito, dormir en la calle, rebozarte en mierda etc, está bien visto, con tal que no joda al prójimo a mala hostia y sin gracia. Sobre todo sin gracia. Si tiene gracia, en realidad, vale casi todo.